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Tema: Nota sobre nota

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    Nota sobre nota


    Nota sobre Nota


    Nota sobre nota, construyo mi relato. En alas de la sinfonía edifico mi testamento. ¡Que canten cuerdas y teclas la tragedia de nuestro destino, querido señor; que velen por el legado de este relato uniéndose a la infinita sucesión de infortunios que ha sido la historia de nuestro amado Azeroth!

    Igor Morric Grieg, Señor del Condado Gris al Oeste de Valletormenta en sus últimos momentos



    Esta tragicomedia empieza como toda historia popular que se precie. Unos muchachos que encuentran el amor demasiado pronto para un desenlace desafortunado que trunca cualquier previsión de futuro. Podríamos hacer el símil por el cual si diera comienzo la obra; en este compás, se añadirían el alegre silbido de flautas y violines trayendo consigo esperanza y consuelo.

    Él, altivo, astuto, fornido y dorado. Ella, radiante, esbelta, inocente y caoba. Una pasión propia de la pubertad. Ante ellos cualquier perspectiva sobre el horizonte. Con el amor de la mano y mariposas en el estómago, cualquier obstáculo parece salvable; ¿no es cierto? En este instante, la melodía se torna gris; desvelando las medias verdades de nuestro cuento. Él, hijo bastardo de un conde despiadado; colérico y apasionado. Ella, poco más que sirvienta de hogar. ¿Qué podía salir mal? Una vez apagados los fuegos del frenesí inicial tras la boda ante la advertencia de su noble padre, se sustituyeron los instrumentos de viento por los de percusión. Tal como suenan ahora mismo en mi amado campo gilneano al tiempo que tejo la poesía de esta serenata.

    Fruto de la guerra, perdió su boyante bolsa gastando cuanto restaba en vino barato y peores comparsas, suficientemente consciente como para regresar al nido de amor donde las caricias pasaron a tornarse demasiado bruscas. Ojos hinchados, brazos amoratados, labios partidos… Se respiraba frustración e impotencia en la pequeña villa argéntea donde desarrollan la función estos actores. Solo el espléndido toque del piano de ella, aliviaba en cierta medida tanto dolor. Podría decirse que esta singular tonada atrajo a un tercer cantor a entrar en escena. Resuenan triunfantes trombones y trompetas; un enamorado, mozo, criado y sirviente de aquel noble descastado; humilde, chaparro y rencoroso que tras presenciar las terribles injusticias sufridas por ella, no pudo sino maquinar un plan para darle la vida que tanto merecía.

    Cambiamos de estación, de otoño a invierno. La nieve plomiza cae sobre el hogar y la arboleda que la rodea. Entre gritos y sollozos, ella da luz a un precioso niño que muere ni siquiera al término de la estación. Él, prácticamente arruinado, con un agujero en el bolsillo tan grande si cabe como el de su propio corazón. El odio le reconcome y ante el temor a acabar con la vida de la mujer, manchada en lágrimas y sangre, pagando con ella su frustración; hace llamar a nuestro tercer invitado a preparar su montura. Debe acudir a la capital a rogar a su padre, tragándose todo el orgullo por dinero para sobrevivir al invierno, y entonces la música cesa para cederle al violín una nota larga y lúgubre.
    Aun con las terribles historias difundidas en todo el reino de monstruos verdes caníbales masacrando tierras cada vez más próximas, Él y el mozo levantan la carreta, la atan a una mula vieja que trota desganada sobre un sendero pobremente empedrado. Sigiloso como la mordedura de una viscosa serpiente, un cuchillo se hunde entre las costillas de él al caer dormido. Estupefacto e incrédulo ante la posibilidad de que su canción finalizara de modo tan abrupto, fallece con la cara pálida como la nieve que le rodea. El criado arroja el cuerpo en los lindes de un lago cercano, atando su pie a una piedra maciza que se lleva con el cadáver todo remordimiento al fondo cenagoso de la laguna.

    Días más tarde, reaparece, con falsas lágrimas en los ojos implorándole perdón a ella pues fue incapaz de defenderle de la emboscada de una vil manada de gnolls. Llora amargamente, se encierra en su habitación con la promesa de una muerte dulce a no mucho tardar; no obstante el peón la da de comer obligada cuanto queda en la despensa y trabajando en los más infames empleos asegurándose de que todas sus heridas sanen correctamente. Todo por recuperar la sonrisa en sus labios rosados.

    Transcurre el invierno, trayendo un peculiar olor de rosas mezcladas con cenizas. Ella no le ha olvidado, pero encuentra consuelo en los brazos del sirviente, con el cual comparte ahora cama. No esperan demasiado a abandonar la morada que ha sido testigo de tanto sufrimiento y emigran al sur, hasta la tierra de origen de él; Gilneas.

    Con el fruto de los años, el tono se aligera. Vuelven a surgir los violines al tiempo que el criado, gracias a buenas inversiones pasa a labriego, comerciante y después propietario de terreno propio. La fortuna les trae un hijo, que esta vez si prospera. En el alza de la melodía, se vislumbran un par de corcheas del órgano bajo tanta complicidad. Una vez más, la guerra no tarda en llamar, fantasmas y espíritus se levantan. Los muertos se apostan contra las murallas durante años. El criado convertido en señor construye una casa inexpugnable sobre una alta colina y en su salón aposta un piano de hermoso marfil blanco.

    Todas las tardes, tras el último toque del mediodía del reloj, se sienta ella y entona una suave cantinela que anima a los residentes del hogar, tanto familiares como sirvientes. Él, aprende afanosamente a tocar su música, pero lejos se encuentra de la luz que ella desprende. El muchacho se va haciendo mayor con un suave crescendo del pianoforte, desarrollando gestos más nobles que los de su padre. A él, le empiezan a asaltar pesadillas de una vida lejana. Bajo todo el terrible ruido de fondo, la canción resultaba hermosa. Sin embargo, la tragedia no deja a nuestros personajes en reposo; pues a no mucho tardar la melodía volvió a sufrir un revés inesperado. El aullido de la bestia resplandece sobre los civilizados acordes de esta composición. Cuando los lobos caminan por las calles de la enigmática Gilneas, ella, pierde la vida en los caninos de uno de los monstruos. Padre e hijo acaban desolados, culpando el uno al otro por la muerte de aquella figura que tanto representó para ambos. En un cómico giro de los acontecimientos, el criado se convirtió en el noble que tanto aborrecía. La botella por única compañera, el piano huérfano como testigo de sus penas.

    El niño convertido en hombre, no es capaz de aguantar tal decadencia. En el restallar de los oboes y clarinetes se marcha de la casa uniéndose a alguno de los dos bandos que se disputaban el gobierno de mi amada Gilneas. En busca de un sentido en la vida, pierde la suya. Un soñador al que le había entregado un sable y un uniforme y le habían dicho que gritara más fuerte que su enemigo para hacer valer su opinión. El también se marchó. Con labios carmesíes y los puños apretados al notar el calor bajando por su pernera en contacto con el acero. Y cuando la misiva le llega al terrateniente, nada tuvo que decir. No hay lágrimas ni arrebatos más que el de un piano que gime como un hombre atormentado en la oscuridad de los ventanales.
    La música sigue sonando metódicamente cada atardecer; con su característico lamento pronunciado en filas de marfil blanco y negro. Una y otra vez, da vueltas a esa última estrofa que le fuera instruida por su amante esposa. Un fragmento tan triste como consolador en el que puede verter todo su ser. En tal pieza se ve reflejado aquel momento en el que la escuchó tocar por primera vez, el gemido de dolor de su antiguo amo al expirar su último aliento, el primer balbuceo de su hijo o el canto fúnebre de ambos entierros. En su ensoñación, lo único que no aprecia fueron los obuses y temblores que trae consigo el cataclismo en el mundo exterior.

    Tampoco puede oír el acolchado paso sobre la alfombra del recibidor en el crepúsculo de cierto día. Ni identificar la risilla malvada y gutural que tan familiar le debería haber parecido. El hedor, en el momento álgido de los timbales tal vez activó algo hace mucho oculto en la mente del antiguo sirviente. Un cuchillo en su garganta y de pronto; la oscuridad que da el cese abrupto de la música.

    Encerrado en una prisión no más grande que el pajar de un cerdo, en carne viva y desnudo sobre la piedra fría. El pago por su crimen se ejecutó tal como en la peor de sus pesadillas. Él, su antiguo amo, regresado como un espíritu vengativo de huesos roídos y carne pútrida, portando el semblante de una máscara pálida sobre un fondo amoratado. Un cadáver henchido y bulboso, reblandecido y coronado por ese ridículo cabello dorado debido al agua con esas mismas facciones claras y pálidas con las que le dejó morir en la nieve. El otrora criado, no sufre por las heridas y laceraciones. No maldice por el dolor de sus huesos partidos o la agonía de la carne quemada, no.

    Solo derrama lágrimas porque al fin ha encontrado la conclusión a la partitura que ella abandonó. Un rumor triste que no podría dejar de escuchar ni siquiera sobre los quejidos de la muerte. Se cierra el telón, se retiran los instrumentos y la batuta cae. Aquí acaba la partitura de una vida bien vivida.
    Última edición por Molvus; 09/01/2018 a las 23:51

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    Aard (07/01/2018),gonroho (07/01/2018)

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